Mikel Morlas | Diseñando e implementando estrategias y dispositivos para el fomento de la innovación y el aprendizaje significativo en las organizaciones.

Spirit line no es una marca

Landscape

Se calcula que cerca de diez de cada cuarenta horas de trabajo se dedican a conversaciones y ensoñaciones no productivas  (Csikszentmihalyi, 1998). ¿Deberían las gestoras de las empresas preocuparse de este dato? Sí, por supuesto. Pero quizás no de la forma que, probablemente, estás pensando.

Algunas artistas artesanas de la tribu Navajo tienen una curiosa costumbre: tejen alfombras y mantas con una línea que bien podría parecer una tara; un error de costura. La línea, conocida como spirit line, recorre el espacio que separa alguna de las formas geométricas que ocupan el interior de la pieza hacia uno de los extremos de la misma. Esa línea es un puente de regreso para que el espíritu de la artista pueda salir de la obra; permitiéndole reconectar consigo misma. Pues las navajo consideran que, al tejer, se enajenan; creen que sus creaciones no provienen de su subjetividad, sino que son resultado de un mensaje de origen divino.

Tomando la spirit line como metáfora, algunas “desconexiones” dentro de la jornada laboral –esas diez horas semanales– se explicarían por la necesidad de las trabajadoras de conectar consigo mismas, de manera que ello les permita desenajenarse del trabajo por cuenta ajena. Tratar de acabar con ese tipo de actividades, consideradas distracciones, puede resultar contraproducente. Además de ineficaz, puesto que se trata de un impulso (muy) humano que tratará de escapar a cualquier medida de control de manera consciente o inconsciente; saltándose, si hace falta, normas, códigos y cláusulas. Llengando, incluso, a afectar la salud (sobre todo, mental) de la persona y de las que le rodean.

Algunas estaréis pensando ya en estrategias que podrían tratar de reconducir este fenómeno hacia una mejora de la eficiencia: formación en gestión del tiempo, rediseño de tareas e incluso de los propios puestos de trabajo o fomento del compromiso y el sentimiento de pertenencia son algunas de las soluciones que, probablemente, se os ocurran en un primer momento. Después, quizás recordéis aquel artículo sobre Google que explicaba como sus empleados dedican el 20% de la jornada laboral a tratar de hacer realidad algunos proyectos de iniciativa propia dentro de la compañía. Y de como las salas de “descanso” de muchas de las empresas de Silicon Valley están a medio camino entre un salón recreativo, un parque temático y el chillout más cool de tu ciudad.

Aunque, incluso en entornos altamente competitivos y de prestigio como el mecionado, este tipo de planteamientos pueden interpretarse como intentos de homogeneización (no voy a utilizar la palabra “sectarización”… oh! wait!) susceptibles de arrojar un resultado inverso al esperado; como ponen de manifiesto las profesionales que han renunciado a sus puestos de trabajo en empresas consideradas como algunos de los mejores lugares para trabajar.

Disciplinas como el arte o el urbanismo pueden inspirarnos. Pues existe en ellas un debate, que dura ya medio siglo, sobre la importancia de considerar la realidad como un flujo. Y de la necesidad de las personas de alterarlo interactuando en contextos que se crean gracias a las interacciones que se producen.

Tratando de aterrizar esta visión en el mundo del trabajo, existen muchos elementos que pueden ser diseñados para responder a dicha necesidad. El espacio es uno de los más importantes –rehuyendo del diseño y arquitectura espectaculares– y evidentes.

Pero, más allá de los ejemplos, las idea fuerza de este planteamiento es: “Fertilidad”. Entendida como la configuración de ecosistemas no esterilizados, en los planos material, tecnológico y simbólico. Aquellos que son permeables y vulnerables (en el amplio sentido del término y despojándolo de las nociones negativas que tradicionalmente se le asocian) a los “rastros” de humanidad (afectividad, subjetividad, diversidad, etc.).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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